
El
ciego del verso de Carriego fuma,
fuma y fuma sentado en el umbral mientras el barrio modorrea,
anegado en una calma ominosa. El aire -caliente, oleoso y malsano-
pesa cada vez más. Se oye un siseo continuo y percibo una ligera
vibración bajo mis pies. En la vereda, unos yuyos se abren paso
a ojos vista por entre las juntas de las baldosas. En instantes,
el siseo se vuelve un rumor grave y los yuyos una espesura que
levanta las baldosas e invade y carcome, con gruesos tallos
sarmentosos, los muros. El
barrio ya es jungla, pero el ciego sigue fumando, quieto,
ajeno a las mutaciones. Es más, de tan quieto se está convirtiendo
en piedra. Una serpiente gorda brota de la espesura, se desliza
untuosa entre los troncos y se enrosca alrededor de los pies
del ciego que ya, de pura piedra, se volvió pirámide, con un
altar humeante en la cima. En la cabeza de la serpiente, las
escamas se enhiestan y crecen hasta formar una gola de plumas.
Es Quetzalcoatl que, abrazado a la base de la pirámide, se hizo
friso. El rumor ya es un estruendo y el
piso tiembla, ondula, se rompe y se inclina. Me cuesta mantenerme
en pie. Ahora, la pirámide es un enorme cono -el Popocatépetl-
que fuma, fuma y fuma (igual que el ciego del verso de Carriego)
y de sus entrañas brotan terribles bramidos, como si se tratara
de un titán dispéptico. El piso se inclina… más… más. Intento
escaparme, pero las piernas se me enredan en las ramas retorcidas.
Siento que caigo, pero
no caigo. Con las piernas atrapadas, la caída queda suspendida
durante un fragmento infinito de tiempo.
Me
despierto empapado, con las piernas enredadas… pero en las sábanas.
Parece que el dispéptico soy yo. ¡Qué mal me pegaron las enchiladas,
carajo! ¿O será la maldición de Moctezuma? La pesadilla se va
haciendo jirones y los jirones se pierden aleteando en la oscuridad
como murciélagos a medida que me voy despertando. Sin embargo,
una sensación persiste obstinadamente: me voy de lado, me deslizo
de la cama. Decido ir a refrescarme al baño, prendo la luz y
me pongo de pie. La sensación persiste, el piso está inclinado. Al entrar al baño,
la sensación persiste; después de refrescarme, la sensación
persiste. Camino por la habitación, la cruzo en forma longitudinal,
transversal y diagonal. No hay caso, la sensación persiste,
la habitación está chueca. ¿Estaré todavía inmerso en la dispéptica
pesadilla moctezumática o estaré definitivamente chapa?
Repulsión.
Ese es el título de una película de Polanski del ‘65 en la que
describe minuciosamente el brote psicótico de una mina
interpretada por Catherine Deneuve. Si mal no recuerdo, tres
recursos se repiten para marcar el deterioro mental de la mina:
Primero,
el progresivo estado de descomposición de la comida que ella
se disponía a cocinar al momento de pirar: un conejo entero desollado
-sobre el que revolotean y se posan cada vez más moscas- y algunas
papas y zanahorias que van echando sus repugnantes y retorcidas
raíces.
Segundo,
unas manos que emergen -ansiosas, lúbricas, siniestras- de las
paredes de un corredor tratando de atrapar y toquetear a la
mina.
Tercero,
el departamento en el que ocurre todo se resquebraja y el
espacio se distorsiona, alterándose brutalmente la vertical
de los muros y la horizontal de piso y techo.
Dejando
de lado detalles menores como que Catherine Deneuve era, en
esa película, una joven hermosa y yo no soy ni hermoso, ni joven,
ni una, además de que no se me está pudriendo un conejo sobre
la mesada (sino, en todo caso, un ratón
en el mate),
en esta habitación de hotel en México DF temo estar enfilando
para el mismo rumbo que la piantada de la película. ¡El espacio
se me distorsiona! ¡La
horizontal no es horizontal!
Sin embargo, recuerdo que, cuando tomé la habitación,
ya sentí yo una sensación extraña aunque no presté debida atención.
Así que, antes de auto-desahuciarme, me doy una última oportunidad
intentando analizar racionalmente el asunto. No tengo instrumentos
para medir nivel, pero un arquitecto veterano se las ingenia.
No
crean ustedes, aclaro, que me hospedo en un tugurio de cuarta
que se viene en banda.
Por el contrario, se trata de un hotel de calidad media, tres
estrellas, recién arreglado y decorado. Un hotel normalito,
sin nada raro, vulgar, excepto… excepto por una pequeña anomalía,
un detalle casi nimio, chiquito, para muchos quizás imperceptible:
el piso está, nomás, inclinado. No es sensación, lo comprobé,
es pura objetividad al
cuadrado, verdad inopinable.
Lo
que no es verdad es que se trate de una anomalía. En efecto,
a primera hora de la mañana salí a caminar el DF y comprobé
al toque
que acá todo está torcido, desnivelado y fuera de plomo. Que tanto los
pisos altos como los suelos y las veredas flamean, se inclinan,
tienen grietas y pozos. O rampas y escalones. O, más bien, todo
al mismo tiempo. Que las fachadas, las medianeras y las torres
están inclinadas. Alguna parece venírsenos encima… ¡ya! La famosa
torre de Pisa, en México, quedaría acomplejada, pobrecita. Sería,
apenas, una más. ¿Cómo llamar a semejante extravagancia que,
sin embargo, más que anormal, es la norma? ¿Locura colectiva?

Alguien
benevolente y con sentido común lo justificaría acotando que,
naturalmente, las cosas no podrían ser de otro modo por causa
de las chinampas, un
ingenioso pero cortoplacista invento azteca. Según la leyenda,
los mexicas (así se llamaban a sí mismos) provenían de una mítica
región llamada Aztlán (de donde viene azteca -pueblo de Aztlán-
como los llamaban los que no eran ellos mismos), ubicada en
un impreciso Norte, desde la cual iniciaron su más que centenario
éxodo en pos de la tierra prometida por su cacique -ascendido
post-mortem a dios- Huitzilopochtli, la que sería reconocida
por un signo profético: un águila posada en un nopal con una
serpiente entre sus garras. Cuando los aztecas (yo los llamo
así porque soy de los que no son ellos mismos) llegaron al valle
de México -y debido a su pésimo carácter y sus igualmente pésimas
costumbres (como, por ejemplo, robarle las esposas a sus vecinos,
a veces para desollarlas vivas y usarlas como estampillas en
sus correos a Huitzilopochtli o algunas cosas realmente graves)-
les fueron echando flit de todas las ciudades de la
costa del lago hasta que, derrotados, el señor de Colhuacán
les permitió afincarse en un sórdido montículo llamado Tizapán.
No lo movió, a no engañarse, la compasión sino la
esperanza de que las víboras que infestaban el lugar se los
cargaran rápidamente. Cuál no habrá sido su sorpresa cuando,
tiempo después, sus espías le informaron que no solo los aztecas
seguían vivos sino que, al revés de lo previsto, fueron ellos
los que se morfaron
hasta la última serpiente. Gente ruda, los aztecas (yo los llamo
así porque soy de los que no son ellos mismos). Pero más rudo
su dios Huitzilopochtli, cuya profecía se les vino a cumplir
justo en una islita de mierda en medio del lago. Los sacerdotes
lo deben haber puteado en varios idiomas, aunque para adentro,
ya que no era un dios muy tolerante que digamos. Fuera porque
la fiereza demostrada por esta gente metió miedo a los vecinos,
fuera porque la islita
interesaba poco, el caso es nadie les impidió hacerse fuertes
en ese sitio que, con el tiempo, empezó a quedarles chico. Como
su proceso de construcción imperial estaba aún demasiado en
pañales como para vivir del laburo ajeno, no tuvieron más remedio
que crecer ganándole al lago tierras de cultivo.
Así es como llegamos a las chinampas, que eran como balsas sobre
las que se colocaba una capa de tierra y se cultivaba. Las raíces
bajaban a través del agua, anclaban la balsa al fondo del lago
y, con el tiempo, el agua se hacía barro y la balsa lograba
una cierta apariencia de tierra firme. Solo una apariencia.
Para cultivar y parar
la olla en tiempos difíciles, un invento genial.
Para construirle encima teocallis o iglesias barrocas de altas
torres, una basura. Y la ciudad moderna siguió creciendo a expensas de desecar ese lago
del que ya casi no queda nada en superficie aunque, por debajo,
el agua sigue corriendo. Así es como México
DF navega en un suelo semilíquido, los cimientos ceden y sus
edificios se hunden y encallan escorados.
Alguien
benevolente y con sentido común también lo justificaría acotando
que México ha sido víctima de numerosos temblores y terremotos, algunos de consecuencias
terriblemente desgraciadas para su gente y devastadoras para
la ciudad y sus edificios.
Yo,
que tal vez no carezco totalmente de sentido común pero que,
definitivamente, carezco de benevolencia, creo que la chinampa
y el terremoto, sin ser falsos argumentos, son insuficientes
para explicar el fenómeno. Más allá de las determinaciones naturales
tiene que haber, a esta altura, una tortuosa y algo oscura determinación
psico-cultural. ¿Una adicción? Podría ser, que de tanto terremoto
y hundimiento se terminaron enviciando con el desplome, la falsa escuadra y la rajadura.
¿Una sobreactuación del sentido trágico del mundo, testimoniando
y subrayando los estragos sufridos como una forma de didáctica?
¿Una estética folclórico-tradicionalista? Quizás intentan imitar
sus particularmente intrincadas ruinas prehispánicas que amalgaman
la costumbre mesoamericana de superponer varias pirámides y
su predilección por armar despelote (del nahuatl despélotl) de niveles,
con los hundimientos y terremotos que les dieron duro por más
de mil años. ¿Una perversión? En una de esas, que esté todo
roto o torcido simplemente les gusta.
Si
no, que alguien me explique por qué esa obsesiva insistencia
en plantar ficus y gomeros por todos lados, árboles que -es
bien sabido- transforman en poco tiempo una vereda prolijamente
pampeana en una anfractuosa e intransitable cordillera terciaria.
Si
no, que alguien me explique por qué cada edificio (incluso los
más modernos y paquetes del Paseo de la Reforma) establece los niveles
de sus puertas -tanto peatonales como vehiculares- donde y como
se le canta, con absoluta desatención por el nivel preexistente
de la vereda, del cordón, de la calzada, del vecino de al lado
y del del otro lado, también. Luego, las diferencias resultantes
se empalman a-la-que-te-criaste afuera, donde transitamos los
giles, en
todo el ancho de las veredas las que -merced a los hundimientos,
los ficus, los terremotos y estas chantadas
constructivas- quedan transformadas en una
sucesión impracticable de rampas, gradas, escalones, desniveles,
acantilados, quebradas y hasta abismos de fondo insondable
poblados por criaturas con fieras dentaduras y antenas luminiscentes.
Sostengo
conjeturalmente que esa vocación por el desorden (al menos en
el sentido cartesiano) es parte del ethos mexicano, en general,
y chilango (natural del DF) en particular. ¿Y qué expresa mejor
una idiosincrasia que el idioma? El verbo chingar (del caló
cingarár, pelear) o su participio chingado tiene, en buena parte
de América, la acepción de desparejo, torcido, fallido. En México,
sin embargo, donde lo desparejo y lo torcido no parecen ser
algo digno de especial mención, chingar refiere (no muy académicamente
que digamos) al acto sexual. Sin ánimo de ofender -y buena parte
del mundo lo entendería así- a mí me surge espontáneamente decir:
“México está chingada”. Pero cualquier chilango, razonablemente
herido en su orgullo, seguro me contestaría: “Chingá tu madre,
cabrón”.
Serxioc
Zicovitl
México
DF, diciembre de 2009
Zicovich
Wilson es arquitecto, dedicado a proyecto y dirección de obras,
escritor y guionista cinematográfico. Es
Profesor de Historia de la
Arquitectura en la Universidad de Buenos Aires. Se ha desempeñado como
funcionario del Gobierno de la
Ciudad de Buenos Aires en áreas vinculadas
a la Arquitectura y el Planeamiento
Urbano. Ha publicado numerosos artículos en medios gráficos
y digitales especializados de su profesión.
La
nota continúa su serie de R(p)’s (“después
de cuatro años -los que me conocen desde hace menos tiempo no
saben ni de qué hablo”), cuatro de ellas publicadas originalmente
en Arquitectura
en Línea, de Guillermo García Fahler, y una en Summa+
nº 62 (“Hogar dulce hogar”). Según el autor, “podés
reenviarla a tu suegra, jefe, acreedor y, en general, a cualquiera
de tus peores enemigos. Si no tenés enemigos, también a un amigo,
pero de esos que te perdonan cualquier cosa”.
De su autoría, ver también en café
de las ciudades su respuesta al cuestionario
de Marcelo Castillo en el número 86, Fútbol y Ciudades, A
30 años del ultimo partido de San Lorenzo en el Gasómetro.
Sobre
el DF mexicano, ver también en café
de las ciudades:
Número
36 | Cultura de las ciudades
Espectros
de la ciudad de México | El urbanismo
como mitología. | Juan Villoro
Número
47 | La mirada del flâneur
Imaginando
Tepito | Una crónica de México DF.
| Iván Peñoñori |
Número
47 | Cultura de las Ciudades
En
el hoyo | Los trabajos y los días en
el Segundo Piso del Periférico mexicano. | Marcelo Corti
Número 61 | La mirada del flâneur
Los
libros y la ciudad
| De Buenos Aires
al DF, la misma gramática maternal | Iván Peñoñori
Glosario
de argentinismos:
Chantada:
chapucería
Chapa,
o chapita: loco, alucinado (en un sentido más coloquial
que psiquiátrico)
Ciego
inconsolable del verso de Carriego: estrofa del tango El
último organito, referida a un personaje del poeta Evaristo
Carriego, “que fuma, fuma y fuma sentado en el umbral”.
Despelote:
lío
Flit:
antigua marca de insecticida; en sentido figurado, echar
flit es espantar, rechazar
Gil:
tonto, inocente
Laburo:
trabajo
Mate:
infusión del sur del continente americano (Argentina, Paraguay,
Uruguay, Brasil), elaborada a partir de la yerba mate; se llama
así también al recipiente en la que se sirve. En sentido figurado,
cabeza, cerebro.
Mina:
mujer
Modorrear:
ejercitar la modorra, vale decir, un estado de somnolencia
que precede al autentico despertar.
Morfar:
comer
Parar
la olla: ganarse la vida, procurarse el sustento para si
mismo y la familia
Pirar:
irse o, en sentido figurado, enloquecer
Piantado/a:
loco/a
Ratón:
en sentido figurado, alucinación, fantasía o deseo
Venirse
en banda: caerse, desmoronarse