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Las calles de muchas ciudades del mundo
son actualmente escenario de operaciones políticas, sociales
y culturales, que las vuelven a proponer como el lugar por excelencia
de los proyectos colectivos. Puede tratarse de una explosión
del arte en las calles como mecanismo de promoción urbana
(alternativo al Guggenheim de turno), o un improvisado baile callejero
como forma de protesta social; de exploraciones interdisciplinarias
sobre el nuevo significado de las ciudades en nuestra época,
o de provocaciones destinadas a irritar a burguesías y gobiernos.
En algunos casos, las administraciones procuran con estas actividades
revitalizar determinados sectores de ciudad; en otros, son "tribus"
o subculturas urbanas las que organizan sus festejos al margen de
la legalidad oficial. Y en un rasgo de ambigüedad que caracteriza
a todos estos sucesos, encontramos que sectores políticamente
contestatarios realizan sus manifestaciones incorporando criterios
artísticos de vanguardia, o bien que las mismas vanguardias
pelean directamente en las calles por su legitimidad cultural.
No se trata de manifestaciones políticas en el sentido tradicional,
ni de festividades urbanas oficiales de vieja o nueva data (como
una fiesta patronal o el Forum
de las Culturas del 2004 en
Barcelona). Son experiencias callejeras, en algunos casos
difíciles de definir, con una gran componente de espontaneidad,
y que en general poseen algunas de estas características:
- Se desarrollan en áreas
centrales de la ciudad, incluso en lugares degradados o abandonados
por la expansión hacia las periferias, y en muchos casos
sin autorización oficial.
- Tienen un fuerte contenido de
reivindicación del espacio público para
uso y fruición de la sociedad.
- Generalmente están organizados
por colectivos o alianzas sociales muy heterogéneos y
de muy reciente formación.
- Mezclan, en general, protesta
política con alguna forma de vanguardia artística:
las celebraciones artísticas tienen un fuerte contenido
de protesta y crítica social, las manifestaciones políticas
toman la estética de algunas vanguardias o subculturas.
- Reivindican la libertad y espontaneidad
del cuerpo, a diferencia de las férreas disciplinas
y estrictas coreografías de las grandes manifestaciones
de masas o de las fiestas urbanas tradicionales.
- Last, but not least, no
solo suceden "en la ciudad", sino que la ciudad, la calle misma,
es un tema central de la protesta o la experiencia artística
realizada: la ciudad misma se convierte en una estética
y en una práctica cultural, la calle se considera
como instrumento artístico, como una forma de arte en
si misma.
Asistimos entonces, tanto desde la
militancia más radicalizada como en las versiones "marketineras"
de la festivalización urbana, a un interés renovado
por la calle como escenario social, político y cultural.
La vertiente política
de esta recuperación se caracteriza por la reivindicación
de la lucha colectiva directa, frente a la mediación y la
manipulación de los "mass media". A las encuestas,
a las cadenas informativas, a la difusión universal de slogans,
mitos y consignas del poder, se opone la presencia corporal de los
sujetos de la acción militante. A la privatización
de la política y la vida social, la reivindicación
directa del espacio público. Un grafitti de Buenos Aires
dice "la prensa es del capital, las calles son nuestras".
No por casualidad, la calle más que la plaza: a la plaza
se va a escuchar el discurso del líder, en la calle se manifiesta
y se pelea. Y para recrear ese carácter político de
la calle, los activistas proponen recuperarla de sus grandes
invasores: el automóvil, básicamente, pero también
la publicidad que la ocupa con mensajes consumistas (que muchas
veces reciclan y tergiversan los propios mensajes originales de
la calle).
En buena medida, estas concepciones
son herederas del situacionismo, el movimiento radical artístico,
político y urbanístico que entre 1957 y 1971 produjo
manifiestos, filmes, utopías urbanas y otras experiencias
con el rótulo de la Internacional Situacionista. Uno de sus
líderes, Guy Debord, decía en el Documento Fundacional
del movimiento que "nuestra idea central es la construcción
de situaciones, es decir, la construcción concreta de
ambientes momentáneos de la vida y su transformación
en una calidad pasional superior". Y sostenía a renglón
seguido que "el arte integral, del cual se ha hablado tanto,
no puede realizarse más que a nivel del urbanismo". Los
situacionistas tuvieron una actuación destacada en el Mayo
francés del '68, uno de los antecedentes más claros
del fenómeno que estamos analizando. Pero no el único:
en su cuento "Tema del traidor y del héroe", Borges menciona
por ejemplo las Festspiele de Suiza, "vastas y errantes
representaciones teatrales, que requieren miles de actores y que
reiteran episodios históricos en las mismas ciudades y montañas
donde ocurrieron". El gran escritor aventura en el relato una
representación irlandesa del Julio Cesar utilizada para camuflar
una operación política de castigo a un traidor. Y
Richard Sennet refiere en "Carne y Piedra" las celebraciones
revolucionarias francesas,
puestas en escena por artistas como David y Quatremere de Quincy.
Performances, situaciones y representaciones callejeras, que reafirman
la vieja idea de la calle como teatro: en la sala que construyó
para Vicenza, Palladio ya proponía distintos tipos de calles
como otros tantos escenarios de representación.
Una especie de manifestación
artística:
Quizás el ejemplo más
claro de esta tendencia, y en buena medida precursor de la lucha
contra la variante neoliberal de la globalización, es el
grupo Reclaim
the Streets (Recupera las
calles), muy bien descripto por Naomi
Klein en No Logo.
Las acciones de RTS comenzaron en 1993, con la protesta por la desaparición
de Claremont Road, una tranquila calle londinense, para permitir
la ampliación de una autopista. Los activistas la ocuparon
y la convirtieron en la calle más creativa y festiva de la
ciudad hasta el momento de su destrucción en 1994.
Desde 1995 RTS organiza fiestas espontáneas en las calles
más concurridas y las esquinas más importantes de
Londres y de otras ciudades. El lugar del encuentro se mantiene
en secreto hasta el día de la celebración, en que
se difunde principalmente a través del correo electrónico.
Antes de comenzar la fiesta, un camión con altoparlantes
estaciona cerca del lugar, y entonces se finge un incidente de tránsito
o cualquier excusa para cortar la calle. Al instante se levantan
pancartas con consignas como "respire", "prohibidos los automóviles",
"recuperemos más espacios", comienza a sonar la música
y se desata una especie de carnaval con zancos, tambores,
juegos infantiles, juegos de voleibol, piscinas inflables, lanzamiento
de frisbees, etc. En una oportunidad, los militantes llegaron
a perforar el pavimento y plantar arboles en el medio de una concurrida
autopista londinense. Finalmente, sostienen "es en las calles
donde el poder debe ser disuelto: porque las calles donde
soportamos, sufrimos y nos desgastamos por la vida cotidiana, y
donde el poder es enfrentado y resistido, deben ser transformadas
en el lugar donde la vida cotidiana sea disfrutada, creada y nutrida".
RTS es una heterogénea e
informal coalición que incluye DJ´s experimentales,
militantes anticorporativos, cultores del New Age, ecologistas radicales,
y todo un espectro de "subculturas opositoras que reivindican
el derecho a disponer de espacios no colonizados para vivir y reunirse".
Los militantes exigen ante todo una mayor cantidad de espacios no
comercializados en las ciudades: RTS intenta, en definitiva, mostrar
una visión alternativa de lo que podría ser la sociedad
si se liberara del control del comercio. Según uno de sus
miembros más destacados, no tratan de usar el arte con fines
políticos, sino de transformarlo en un instrumento político
práctico. RTS se autodefine como una desorganización
participativa. Tal ambigüedad desconcierta a los propios
policías, que muchas veces se encuentran descolocados ante
el carácter del acontecimiento que enfrentan. En mayo de
1998, durante la primera fiesta global, un policía de Toronto
decía a través de su radio: "esto no es una protesta,
es una especie de manifestación artística". En otras
ocasiones, los mismos policías colaboraron para colgar guirnaldas
o colocar los equipos de sonido.
Según Klein, "las confrontaciones
deliberadas de las fiestas callejeras reúnen la sinceridad
previsible de la política con la ironía divertida
del Pop" y "superan la concepción de la protesta política
predecible en sus consignas y enfrentamientos".
RTS no es solo una protesta contra
el automóvil, que es un símbolo de la pérdida
de la calle como espacio social, sino una crítica más
amplia de la sociedad, que aspira a recuperar espacios para el uso
común. Sus activistas señalan la amarga paradoja
implícita en que la publicidad se apropie, como lo hace,
de la cultura de las calles. La misma cultura que la legalidad
reprime al prohibir los conciertos alternativos y perseguir a los
autores de graffitis, a los performers del arte urbano y
a los mendigos (Manu Chao se queja de las administraciones que le
piden que de conciertos gratis, pero luego echan a los músicos
de la calle; en Buenos Aires, cadenas de comida a domicilio e insecticidas
utilizan actores disfrazados, a la manera de los malabaristas que
hacen su número en el período en rojo de los semáforos
en las esquinas). El RTS no plantea una ideología antiurbana
ni un escape de la ciudad (como los hippies que se instalaban en
comunidades rurales o los yuppies que huyen a las urbanizaciones
de la periferia), sino que "orienta el deseo de entretenimiento
y de fiesta y lo canaliza, convirtiéndolo en un acto de desobediencia
civil que también es un festival".
Ya en 1997 RTS había organizado fiestas en Sydney, Helsinki
y Tel-Aviv. Sus activistas comenzaron entonces a mezclarse con otros
movimientos de intereses similares, como por ejemplo las marchas
ciclísticas Critical
Mass, comenzadas en San Francisco
en 1992. Se trata de la concurrencia de miles de ciclistas a calles
de mucho tránsito, formando una masa crítica que impide
la circulación de automóviles. Ante las protestas,
los militantes sostienen que "nosotros no interrumpimos el tránsito:
somos el tránsito".
La alianza de todos estos movimientos confluyó en la primera
fiesta global (16 de mayo de 1998), que tuvo especial suceso en
Sydney. Según Klein, la fiesta australiana "no tuvo el
auspicio de Levi´s, Revlon ni Pepsi, que hacen posible Lilith
Fair, pero fue un éxito, con
mucho bullicio y frivolidad". Aunque
en algunas ciudades derivó en incidentes, la fiesta callejera
global "demostró que existe posibilidad de organizar una
respuesta global a la pérdida de los espacios públicos,
y recuperar esos espacios de manos de las marcas", que los ocupan
con publicidad y operaciones de marketing.
Un año más
tarde, el 18/6/99, se celebró la segunda fiesta global, en
coincidencia con la reunión del G-8 en Colonia, Alemania.
Resultó un verdadero "carnaval mundial contra el capitalismo,
claramente dirigido contra el poder de las empresas". Se realizaron
fiestas en zonas financieras, ante los edificios de las Bolsas,
las grandes tiendas, los bancos y las sedes de las multinacionales,
con eventos simultáneos en 70 ciudades distintas: Dacca,
San Francisco, Montevideo, Madrid, Ginebra, Londres, etc. En muchas
ciudades los operadores de bolsa y los banqueros usaron ropa informal
para camuflarse entre los participantes sin ser identificados.
Simultáneamente, las sucesivas
ediciones de los encuentros del G-8 y del Foro Económico
Mundial en Davos y otras ciudades, fueron registrando un progresivo
crecimiento de los grupos de resistencia al neoliberalismo y a la
globalización económica. Tras los incidentes de Seattle,
la lucha en las calles se fue haciendo cada vez más radicalizada
y organizada, hasta que se produjo el incidente de Génova,
que costó la vida a Carlo Giuliani en un episodio nunca bien
aclarado. Pronto se hizo muy clara la conformación de los
bloques antagónicos de Davos vs. Porto Alegre, ciudad brasileña
donde comenzaron en el 2001 las reuniones del Foro Social Mundial.
La más reciente gran movilización
internacional fue la realizada durante la reunión del G-8
en Florencia. En esta, como en general en todos los casos, y aun
con sus diferencias internas, los distintos grupos que confluyen
en estas manifestaciones coinciden en el carácter festivo
de sus acciones, que registran una victoria moral sobre sus adversarios
en su propia alegría callejera, contrastada con el
encierro y anonimato que se autoinfligen los 8 gobernantes más
poderosos del mundo, o los grandes empresarios del Foro Económico
Mundial, para poder reunirse sin soportar las protestas de aquellos.
En Argentina, tras las jornadas
de diciembre de 2001, aparentemente olvidados los cacerolazos y
reducidas a su mínima expresión las asambleas barriales,
los piquetes continúan siendo el mecanismo de protesta
social más fuerte y con mayor presencia en las calles. Surgieron
originalmente en las provincias de Salta y Neuquén, como
consecuencia de la pérdida de puestos de trabajo originada
por la privatización de YPF, la petrolera estatal: durante
las protestas los desocupados cortan rutas para reclamar trabajo
o asistencia social. En el área metropolitana de Buenos Aires,
donde se registran pavorosos índices de desocupación,
los piqueteros construyeron una forma alternativa de representación
política de los barrios pobres, abandonados por la Unión
Cívica Radical y explotados electoralmente por los caudillos
peronistas. Los piqueteros fueron organizándose y pasaron
a la consideración pública al comenzar sus mecanismos
de corte de calles y accesos a la ciudad en reclamo de trabajo o
subsidios de desocupación. La prensa conservadora o bienpensante
los crítica por coartar el derecho a la libre circulación,
en una verdad a medias que olvida la obvia imposibilidad de los
desocupados de presionar y protestar mediante instrumentos más
tradicionales, como una huelga. Esta prédica de la derecha,
pero también la evidencia de actitudes clientelistas por
parte de algunos grupos en el manejo de los subsidios por desocupación
que están a su cargo, la casi infantil radicalización
de algunos grupos, y obviamente los inconvenientes ocasionados a
la vida cotidiana de la gente por los cortes de tránsito,
está alejando cada vez más a los piqueteros de la
consideración de la clase media (que hace algún tiempo
los veía con cierta simpatía), en un capítulo
más de los históricos desencuentros de los trabajadores
argentinos. Los piqueteros han incorporado sin embargo un apreciable
grado de organización y orgullo de clase entre sectores muy
pobres, y también han aportado imágenes y actitudes
de identidad cultural. No solo acompañando, sino también
integrando los piquetes (incluso en los momentos de enfrentamiento
con la policía) se encuentra a grupos musicales como Santa
Revuelta, el colectivo teatral y musical Culebrón Timbal,
el cantautor Abelardo Martín, el charanguista Rolando Goldman,
el grupo de teatro Al borde, y muchos otros. La letra de "¡A
la calle!", una chacarera de Santa Revuelta, dice por ejemplo "a
la calle, laburante, ni lo espere al sindicato que el que anda de
buche lleno tiene siesta para rato, a la calle, a la asamblea, con
el barrio y jubilado por boludo ahora estoy pobre, y de estar pobre
he despertado. la política y partidos me voy a poné'
a estudiar no me empachan más con jingles cuando tenga que
votar y que la tele y que la radio no mientan más lo que
soy: ¡cacerola y piquetero y de la calle no me voy!".
Dancing in the streets:
En otras ocasiones, son los mismos
municipios los que promueven celebraciones artísticas callejeras,
tal como describe John Takhara en la nota sobre
la decadencia de los edificios trofeo,
que publicamos en este número.
El director de Doors
of Perception describe la
tendencia de muchas administraciones, que están dejando atrás
la búsqueda de edificios emblemáticos, y procuran
en cambio la promoción de eventos artísticos participativos
como forma de marketing urbano.
Son cada vez más frecuentes
los grupos artísticos que incorporan la calle como un instrumento
creativo. Proyectos como Dancing
in the Streets y Shadow
Casters, por ejemplo,
reúnen una diversidad
de medios para la "exploración creativa de distintas
ciudades del mundo". Cada ciudad deviene así un territorio
para "releer, remapear y resemantizar", tareas a cargo de
un equipo internacional distinto en cada caso, constituido por profesionales
de diversas generaciones y disciplinas. De esta forma cada ciudad
constituye un proyecto Shadow Casters específico, y al unirse
entre sí conforman una red.
Boris Bakal, Katarina Pejovic y Pina Siotto crearon la primera versión
de Shadow Casters en Bolonia, Italia, en 2001 Luego siguieron otros
eventos en Ljubljana (Eslovenia), Zagreb (Croacia), Belgrado (Yugoslavia)
y Graz (Austria). Actualmente están en curso un proyecto
para Nueva York, y contactos para las ciudades de Londres, Praga,
Bruselas, Marsella y Seul. Shadow Casters New York es un proyecto
bienal que comprende un workshop de preparación en
julio de 2003, con la producción final prevista para 2004,
en asociación con The Kitchen y el soporte técnico
de la Columbia University Computer Music Center.
Para el workshop preparatorio fueron seleccionados 10 participantes
(performers, artistas visuales y multimedia, escritores, diseñadores
de Web, arquitectos, expertos de teoría de sistemas, músicos,
historiadores del arte, bailarines, coreógrafos, fotógrafos,
cineastas e investigadores interdisciplinarios internacionales)
provenientes de dicha ciudad y de otras partes del mundo. Durante
16 días de workshop, los participantes explorarán
la ciudad de Nueva York, sus aspectos y lugares más conocidos
y aquellos menos notables, sus coordenadas espacio - temporales
y la superposición de los distintos puntos de vista. Se utilizarán
instrumentos tales como la Performance Urbana, Reciclaje de la realidad,
Web Design, Registración y montaje de Video y Audio Digital,
Mapeo interior y exterior, Dramaturgia Urbana, Dilatación
de la Percepción, Hiperrelatos, Ejercicios de sombreo y chequeo
de la realidad, Creación de Database y Organización
de sistemas. La exploración se guiará a través
de preguntas tales como: ¿En que modo la ciudad condiciona
mi mundo interior? ¿Que significa y donde se coloca el
límite entre lo público y lo privado? ¿Existe
un sistema no manipulador? ¿Existe la libertad de elección?
¿Como crear una identidad colectiva sin standarizar las identidades
individuales? ¿Cual es la relación entre libertad, individualidad
y generalización?
Es interesante repasar la historia
de uno de estos fenómenos callejeros de reciente data, el
Love
Parade de
Berlín. Christine Lang (DJ berlinesa de vanguardia), en un
reportaje aparecido en el diario argentino Página
12 el 15/9/02, califica como
"carnavalesco" a esta megarave, que reúne cerca de
un millón de personas en julio de cada año. El festival
comenzó a realizarse en 1989, organizado por el DJ alemán
Dr. Motte, y entonces sólo reunió a un centenar de
personas. "Al principio", sostiene Lang, "la idea de sacar
los clubes a la calle era interesante. Pero año tras año
se fue transformando en un evento donde la música es lo menos
importante. Ahora es sólo un evento publicitario. Para alguien
que vive en Berlín, el Love Parade no tiene ningún
interés".
En respuesta directa al Love Parade, Lang y otros músicos
y DJ´s crearon el Fuck Parade, una "demostración
política, multicultural y musicalmente heterogénea"
que transcurre el mismo día en sitios secretos de Berlín.
"La idea fue hacer algo en contra del Love Parade: un acontecimiento
casi político, sin dinero, sin sponsor, sin nada". El
Fuck Parade combina dos consignas: ganar la calle y revitalizar
el sentido de lo público, y reivindicar un origen clandestino,
casi ilegal, para la inspiración y la creación artística.
La disputa por los espacios también se vive en el terreno
musical. "Mientras el tecno hegemoniza las bandejas de las decenas
de dj que musicalizan el Love Parade, en el Fuck Parade tendencias
disímiles conviven en una suerte de polifonía donde
el reggae, el soul, el drumn bass y el hip-hop dialogan entre
sí. Los distintos clubes sacan su música a la calle
y las tendencias son múltiples. Prima la diversidad que se
nutre de las distintas culturas de inmigrantes", explica Lang.
Según la nota "la última edición del Love
Parade tuvo que tomar medidas drásticas para proteger la
seguridad y la salud del colorido desfile de euforia danzante: contrataron
cerca de 2 mil personas para acordonar los 260 mil metros cuadrados
donde se despliega el carnaval electrónico". Sin embargo,
luego de que la edición del 98 superara el piso del
millón de asistentes y la municipalidad tuviera que desembolsar
cerca de 330 mil marcos para reparar destrozos, "los ávidos
ojos de la administración alemana no volverían a permitir
que el desfile de marcos fluyera sólo hacia las arcas de
la Deutsche Welle, encargada de televisar el evento. Y ya desde
el 99 empezaron a forcejear con los organizadores, paradójicamente
parapetados en un viejo edificio de la administración comunista,
amenazándolos con prohibir el acto definitivamente".
La prohibición gubernamental se basó en un debate
"casi semiológico: durante casi diez años se
discutió si el Love Parade era una manifestación política,
aunque yo creo que nunca lo fue. Y recién en 2000 el gobierno
se decidió a cambiar la palabra manifestación por
evento. La lógica es sencilla: si se trata de una manifestación,
el municipio no puede impedirla y debe hacerse cargo de la seguridad,
la rehabilitación y la limpieza de las calles; si es un evento,
en cambio, los propios organizadores son los que deben proveer estos
servicios", explica Lang. Desde entonces, la rave empezó
a financiarse con la lógica de un emprendimiento privado.
Así, en la edición 2000, los organizadores debieron
contribuir con más de 120 mil dólares para garantizar
que Berlín amaneciera tan lustrosa como siempre. "Para
nosotros el Fuck Parade es una manifestación, no un evento,
y por tanto debe ser gratis y libre. Estamos absolutamente en contra
de la privatización de los espacios por sponsors. Nadie va
a pagar por nada. Por eso, ahora, nos transformaron en algo casi
ilegal", cuenta Lang. En la edición del 2002 el Love
Parade convocó a un millón de adolescentes (a un costo
de un millón de euros), mientras que el Fuck Parade apenas
pudo realizarse en algunas galerías de arte y clubes marginales
en los confines de la ciudad, único lugar donde obtuvieron
permiso. "Veremos qué pasa el año próximo.
El reclamo sigue siendo que la calle sea pública", asegura
Lang.
El encuentro
entre el arte y lo político:
Bien mirada, esta confluencia sería
la superposición de dos caras de la misma realidad: el carácter
político del arte callejero, la política en las
calles como representación estética, a la vez
que materialización, del espacio colectivo - social.
En el espacio mediático, se esfuman los límites entre
representación y política, entre políticos
y actores, entre periodismo y ficción. En el espacio urbano,
el arte se politiza y la política se estetiza. En
el fondo, la misma respuesta al abandono de la ciudad: los ricos
y poderosos dejan las calles, los pobres, los contestatarios, los
rebeldes, los artistas, las ocupan y reivindican. No es la reivindicación
de un ilusorio orden perdido, es la afirmación de actores
que proponen un cambio social.
Pero es oportuno prevenir
cualquier posible mistificación de la calle: hablar de
su "recuperación" trae connotaciones de una supuesta edad
de oro, donde la calle habría sido el escenario de una suerte
de esplendor democrático
y de relaciones personales en
libertad: ¿tiene esto algo que ver con las calles de las ejecuciones,
de la represión, con la calle burguesa del paseo figurativo
y la exclusión a los mal vestidos o a los desarrapados? La
lectura de Richard Sennet (Carne y piedra - El cuerpo y la ciudad
en la civilización occidental, Alianza Editorial), por ejemplo,
aporta datos muy interesantes sobre la formación de la calle
en una ciudad tan significativa, como París.
"La calle medieval de París",
según Sennet, "no era ni más ni menos que el espacio
que quedaba después que se hubieran construido los edificios".
Estas calles, cuyos edificios tenían su origen en la afirmación
agresiva de derechos, y cuyas porosas superficies y volúmenes
estimulaban la competencia económica, también eran
famosas por su violencia. En general, violencia entre pobres.
Una de las causas principales era la bebida, cuya proliferación
tenía un origen apremiante: la necesidad de calor corporal.
"Debemos imaginar una calle caracterizada por formas de agresión
diferentes pero discontinuas: una competencia económica deliberada
y una violencia impulsiva no económica".
Sennet considera que el progreso
de las calles comienza cuando a mediados del siglo XVIII se empieza
a limpiar la basura de las calles y a drenar los hoyos y depresiones,
a la vez que los pavimentos comienzan a aplanarse para impedir la
acumulación de residuos y excrementos. "La imagen médica
de la circulación vital dio un nuevo significado al movimiento
barroco", asegura el sociólogo norteamericano. Ya no
se trataba del viaje ceremonial hacia un objeto, sino de la celebración
del movimiento en si. Urbanistas franceses como Christian Patte
utilizaron la imagen de arterias y venas para justificar la disposición
de calles de una sola dirección.
El diseño de la capital
de los Estados Unidos, Washington DC, incorpora estas tendencias
y las pone al servicio de un ideal republicano. Por la misma época
Goethe caracteriza el nuevo espíritu de la calle: el filósofo
alemán es uno de los primeros en señalar esa sensación
urbana tan moderna de "sentirse solo y tranquilo en medio
de la multitud y el ruido".
Sennet describe una de las funciones
de la calle en gran parte de la historia de la humanidad, la de
servir de escenario a las ejecuciones de convictos, y a las procesiones
previas en que se paseaba al reo para su escarnio y para advertencia
a la población. Tanto en el antiguo régimen como en
la Revolución, estas procesiones tenían carácter
festivo. Los reos marchaban desde la cárcel por una calle
principal, en un promedio de dos horas de recorrido, acompañados
de las burlas y la excitación de la masa (había incluso
personajes de la nobleza que abandonaban sus palacios en las afueras
para concurrir a presenciar las ejecuciones).
Casi como un antecedente de la tendencia
que describimos en esta nota, "las calles parisinas estuvieron
continuamente abarrotadas con manifestaciones populares durante
los primeros años de la Revolución". En las
mascaradas la gente se disfrazaba de sacerdote o aristócrata
y se burlaba de los signos y atributos del antiguo régimen.
Con el tiempo los lideres revolucionarios trataron de imponer
cierta disciplina en estas manifestaciones, y así se
crearon festividades formales con coreografías basadas en
el cuerpo humano y la razón: "estos rituales a menudo
terminaron apaciguando y neutralizando los cuerpos de los ciudadanos".
Artistas como David y Quatremére de Quincy se hicieron cargo
del ritual cívico en sustitución de los sacerdotes.
Utilizaban la geografía de la ciudad y proponían estaciones
o puntos simbólicos, y pausas, como las fiestas religiosas.
Los organizadores deseaban educar a la multitud de cuerpos,
y querían especialmente evitar el espontaneismo de las masas.
"Estos festivales revelaron una perturbadora lección acerca
de la libertad", sostiene Sennet. "La libertad que busca
vencer la resistencia, abolir obstáculos, empezar de nuevo
(la libertad concebida como un volumen puro y transparente) embota
el cuerpo. La libertad que estimula el cuerpo lo hace aceptando
la impureza, la dificultad y la obstrucción como parte de
la propia experiencia de libertad. Los festivales de la Revolución
Francesa constituyen un jalón en la historia de la civilización
occidental, donde esta experiencia visceral de la libertad fue disipada
en nombre de una mecánica del movimiento".
Si "la Ilustración
imaginó individuos estimulados por el movimiento de la muchedumbre,
el siglo XIX en cambio imaginó individuos protegidos por
el movimiento de la muchedumbre". Regent Street, en Londres,
introduce la idea de la calle de una sola función, donde
lo importante es el movimiento longitudinal y no el posible contacto
transversal. La presión del movimiento peatonal lineal hace
imposible pararse y formar grupo para, por ejemplo, escuchar un
discurso. Los Boulevares de Haussmann en París constituyen
un verdadero muro de vehículos en movimiento, aunque también,
con el ensanchamiento de las veredas, proporcionaron espacios para
que el café se extendiera y con él sus usos urbanos
y sociales.
La calle, ese edificio cuyo techo es
el cielo (según Louis Khan), destruida por el urbanismo de
la Carta de Atenas y el automóvil (según el Team X),
ese espacio de relación social que describió Jane
Jacobs, lleva en si una estimulante contradicción: es una
vía para ir de un lugar a otro, pero es también un
lugar donde quedarse, permanecer, encontrarse. Julio Ladizesky,
arquitecto argentino, sostiene que las actitudes ciudadanas ante
el espacio público varían de acuerdo al nivel socio
económico de pertenencia:
- Los sectores de ingresos altos
no suelen utilizar el entorno de su vivienda y privilegian la
fluidez circulatoria y el marco visual adecuado para la contemplación
durante el viaje. Estos sectores proponen un espacio público
para el paseo, "ordenado, bello, y vacío de actividades
colectivas".
- Los sectores medios utilizan las
plazas, calles y centros barriales como espacio de expansión
y paseo, diferenciado del espacio doméstico, pero apropiado
como hábitat.
- Los sectores de ingresos bajos
tienden a usar el espacio público como una prolongación
del ámbito doméstico. "Sus viviendas desbordan
sobre el espacio colectivo, expulsados sus habitantes por el
hacinamiento y la insalubridad del espacio interior . La comunidad
es una estrategia para la supervivencia".
Para Ladizesky los
espacios colectivos se definen por tres conceptos básicos:
identidad, participación y apropiación. El mismo autor
sintetiza en una frase la necesidad de una visión global
del diseño de los espacios públicos, al señalar
que "la cuestión, para los arquitectos, no consiste tanto
en la adquisición de nuevos repertorios de proyecto, como
en tomar conciencia del enorme valor que representa la integración
social para la calidad de vida de la población".
El automóvil y una concepción
unidimensional del tránsito urbano redujeron la calle a espacio
de flujos. La expansión de los mass media la vació
de su contenido social y comunicacional.
Pero la calle siempre vuelve,
y hoy es escenario de nuevas situaciones, de nuevos reclamos, de
nuevas representaciones. La cuestión en juego es una
nueva redefinición de la calle, de lo público y de
la experiencia artística. Como tantas veces en su historia,
la calle se redefine y se resignifica.
MC
Sobre el cierre de esta
edición de café de las ciudades, las calles de centenares
de ciudades alrededor del mundo fueron escenario de la que hasta
ahora es la manifestación global más grande de la
historia: 30 millones de personas marchando contra la guerra, en
muchos casos contra la propia opinión de sus gobernantes.
A ellos, a sus ciudades y a sus calles va dedicado este número
de nuestra revista.
La revista
de la Sociedad Central de Arquitectos de
Buenos Aires publica con frecuencia artículos de interés
sobre la calle y el espacio público en general.
Una guía
para organizar fiestas callejeras,
en la página de Reclaim the Streets.(ir a how to?)
presentación
comienzo de la nota
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