“...Terquedades será una tribuna de doctrina”
(C. Ricot)
los muchachos a los que me refiero
no son refinados, pero sacuden las montañas cuando bailan
e.m.cummings.

Creo
que la época en que estamos viviendo (medida en meses o a lo sumo en unos pocos años) quedará en
la historia como aquella en que los vecinos de Buenos Aires se
introdujeron definitivamente como actores
en la agenda de la
Ciudad (es probable que también pase algo
parecido en muchas otras ciudades argentinas y del exterior).
Se
que esta afirmación me pone al borde de una falacia muy común:
la de considerar la propia época como un tiempo de “bisagra” histórica,
simplemente por tener la suerte o la desgracia de vivir en ella
y por la distorsión que comprensiblemente ocasiona la vivacidad
del presente frente a la abstracción de épocas pasadas que no
hemos vivido o que, habiendo vivido, idealizamos para bien o para
mal. Pero existen datos ciertamente objetivos que me permiten
alegar la pertinencia de mi observación.
Considérense,
por ejemplo, acontecimientos como el freno
a la construcción de obras admitidas en la normativa urbanística
pero rechazadas por “los vecinos” (volveré luego sobre estas comillas…)
del barrio en el cual se pretenden construir. Por vía judicial,
legislativa o administrativa (por ejemplo, los decretos 1929/06
o 220/07 del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires), estas obras han sido paralizadas
u obstruidas aun considerando la existencia de derechos que claramente
amparan a sus desarrolladores. ¿Era esta situación imaginable
algunos años atrás? Antes los vecinos protestaban por excepciones
al Código de Planeamiento Urbano; hoy protestan por obras que
el propio Código permite, y aun así son escuchados y complacidos
por los jueces o por los gobernantes.
Considérese
también el espacio dedicado en los medios de comunicación a las protestas vecinales
por tal o cual obra, proyecto o normativa. O la importancia de los movimientos vecinales en
la consideración de las políticas patrimoniales o en
el rechazo a la localización de emprendimientos de dudoso impacto
ambiental en determinadas áreas del territorio.
Movimientos
vecinales, por supuesto, ha habido siempre (solo hace falta leer
Fuenteovejuna para verificarlo…), pero aquí hablo de una fase
novedosa. No se trata de movimientos que se queden en el reclamo,
la protesta o que, en caso de disponer de la suficiente capacidad
de presión o de lobby, obtengan reivindicaciones satisfactorias
a sus inquietudes y con eso den por terminada su actuación. Estos
movimientos argumentan con referencias disciplinarias y académicas,
se instruyen sobre las argucias del derecho y las utilizan para
judicializar sus reclamos, sacan de quicio a los “técnicos” (también
volveré sobre estas comillas…) y se han ganado, al menos en Buenos
Aires, un rol insoslayable en la definición de las políticas urbanas…
o en su indefinición.


La explicación de este nuevo rol de los movimientos vecinales
no puede reducirse a unos pocos factores. Por el contrario, involucra
una multiplicidad de circunstancias; algunas, producto de tendencias
globales que encuentran su replica local, otras, específicas de
nuestro contexto. Podemos interpretar esta situación como una ampliación del campo de ejercicio de la ciudadanía, producto de
la trabajosa consolidación democrática argentina o incluso de
la vocación de autogobierno ciudadano que mal o bien afloró en
la crisis del 2001 con el “que se vayan todos”. Podemos también
considerarlo como resultado de la autonomía porteña o como respuesta
emergente a los desatinos urbanos que asolaron Buenos Aires
desde las operaciones de Cacciatore a las del
Concejo Deliberante, como expresión de crisis de liderazgo político
(exacerbada en la
Ciudad con las contradicciones y falencias del
“progresismo berreta”) o, en cambio,
como ejercicio de derechos constitucionales incorporados en la
reforma de la Constitución
Nacional de 1994 y en la Constitución
autonómica de 1996, en particular los que garantizan los derechos
a un medio ambiente saludable y los que establecen mecanismos
de participación ciudadana.
Podemos
verlos también como consecuencia de la explosión informativa y
comunicacional que permiten las nuevas
tecnologías y la profusión mediática. No es solo que con Internet
cualquier vecino puede armar en pocas horas una cadena informativa
y dar la vuelta al mundo informando del problema de su esquina,
sino que los medios corporativos necesitan, por un lado,
noticias para llenar las pantallas de los canales informativos
las 24 horas del día y, por otro, dar demostraciones de tener
alguna vinculación concreta con sus consumidores. La
Nación, por ejemplo, ha incorporado
a su versión digital un servicio de “corresponsales” espontáneos,
que informan básicamente sobre estos conflictos barriales. En
ocasión de los conflictos por “las torres”, Eduardo Reese
señalaba la existencia de un cierto “efecto TN”, en alusión al
canal Todo Noticias, cuya cobertura del conflicto llevaba a todos
los rincones de la Argentina el debate urbanístico
de Caballito o Villa Urquiza (por cierto,
esta amplitud periodística
se reduce notablemente cuando se trata de discutir cuestiones
urbanas en las que el interés corporativo no coincide con el de
la ciudad, como puede verse por ejemplo cuando los grandes
medios pasan por alto la invasión del espacio público por el tendido
aéreo de los cables de las compañías de televisión paga, la salvaje
agresión publicitaria al paisaje urbano o las deficiencias del
servicio ferroviario metropolitano, a cuyos concesionarios están
asociados para la difusión masiva de sus medios gratuitos).
Hay
que considerar también la emergencia de líderes y dirigentes cuyo
discurso barrial se entronca con la idea de posicionarse políticamente
a partir de las elecciones que en algún momento deberán realizarse
para las Comunas porteñas (una estrategia electoral tan legítima como cualquier otra). Y no puede
ignorarse tampoco el efecto del boom constructivo e inmobiliario comenzado en 2003 y 2004,
que puso en evidencia las
fallas del Código de Planeamiento Urbano y
la carencia de una adecuada planificación urbana en la Ciudad. Sobre todo, cuando en
la génesis de los conflictos alrededor de determinados distritos
de zonificación de dicho Código pueden encontrarse las modificaciones
realizadas en las épocas de recesión, que pretendieron justamente
estimular la actividad de los sectores inmobiliario y de la construcción
con aumentos genéricos de capacidad constructiva.


La comprobación del poder creciente de estos movimientos vecinales
puede derivar en alguna lectura ingenua, que simplemente lo tome
como resultado de un saludable proceso de participación ciudadana,
con efectos positivos para la calidad institucional. Sin embargo,
este nuevo rol vecinal y el cambio que implica en la correlación
de fuerzas políticas de la
Ciudad presentan algunos
puntos más oscuros.
Por
un lado, la comprobación de que los movimientos vecinales no constituyen
un bloque homogéneo sino que más bien se caracterizan por su diversidad,
a veces estimulante, a veces contradictoria. Participan de estos
movimientos colectivos tan heterogéneos como los “sobrevivientes”
del asambleismo libertario del 2001,
sectores de clase media acomodada o directamente ABC1, vecinos
fomentistas, punteros o dirigentes políticos de tercera línea,
ambientalistas, patrimonialistas o simplemente individuos que
defienden exclusivamente el valor de uso o de cambio del inmueble
en el que viven.
Esta
heterogeneidad no es en si cuestionable y hasta puede ser considerada
una riqueza del movimiento vecinal… salvo por la abundancia de
casos en los que se advierte la actitud egoísta y hasta reaccionaria de algunos de los colectivos
o individuos involucrados. Esta actitud va desde la mera militancia
NIMBY de algunos barrios (cuando por ejemplo se cuestiona la presencia
de cartoneros en las calles, la realización de centros de reciclado
de residuos o la construcción de cruces viales bajo trazados ferroviarios)
hasta tendencias directamente elitistas (la negativa a la construcción,
real o supuesta, de viviendas de interés social) o racistas (alegatos
contra la localización de comerciantes chinos y sus familias en
el Bajo Belgrano, o contra la comunidad boliviana en Liniers).
En las Audiencias Públicas que se realizan en la
Legislatura porteña en ocasión de la sanción
de determinadas leyes, suelen abundar contra-ejemplos de lo que
podría entenderse por una “sana participación ciudadana”: uso
emocional y manipulador del lenguaje, acusaciones sin fundamento,
descalificaciones al que piensa distinto, etc. Hasta puede identificarse
una entonación y una fraseología propias del “vecino indignado”,
un metalenguaje que identifica a los colectivos urbanos disidentes.

Por supuesto que “el vecino”, como tal, no tiene obligación de elaborar un pensamiento
integral de la ciudad ni de intentar una mediación entre intereses
particulares, intereses comunitarios restringidos y esa cosa tan
escurridiza que algunos seguimos llamando “bien común”, aunque
sepamos lo resbaloso del terreno que pisamos… La mediación y la
visión general son tareas de la administración, de los estamentos
profesionales (públicos o privados) y, mal que les pese, de los
medios de comunicación. Pero cuando faltan esta mediación y esta
visión general, el mero
abandono del discurso urbano a “lo que piden los vecinos” puede
tener efectos devastadores.
Se
ha señalado que la categoría de “vecino’ es en realidad pre-política
y encubre un reduccionismo de las cuestiones urbanas, y que como tal
favorece la fragmentación y el egoísmo. El aislamiento
y la insolidaridad de las reivindicaciones vecinales pueden generar
un archipiélago de conflictos sin referencia general, y reforzar
las tendencias fragmentarias de la urbanización contemporánea.
Por ejemplo, a través de la consolidación de ghettos monofuncionales
y sociales, la profundización de privilegios a partir de las mayores
capacidades de lobby de los sectores sociales más altos y con
mejor acceso al poder político y a los medios, y el consiguiente
traslado de las externalidades urbanas a áreas
de menor visibilidad territorial, política y mediática, acentuando
en el espacio las inequidades de la sociedad.

Cuando
el “vecino” puede trascender la lógica individual para aceptar
su pertenencia a estructuras territoriales, sociales y culturales
más amplias, es además de vecino, ciudadano. Pero aunque esta
transformación es deseable, no se trata solamente de trasladar
a los movimientos vecinales la responsabilidad de una visión integral
y solidaria, sino de que esta sea asumida por la política, la
intelligentzia e incluso por los
medios de comunicación. Esta es la mejor garantía para que las
tendencias más cuestionables de los movimientos vecinales puedan
ser contrarrestadas. Esto implica estructuras
políticas (en el gobierno o en la oposición, electivas o designadas)
con proyecto para el territorio y con cuadros para ejecutarlo,
dispuestas a escuchar al vecino y ciudadano (sea cual sea su nivel
económico o su encuadre político) para respetarlo y considerarlo,
no para adularlo, para hacerle creer que se interesan en su problema,
o para acceder automáticamente a sus requerimientos si se trata
de vecinos con poder o capacidad de lobby. También implica cuadros
técnicos y profesionales con humildad y con visión global, conscientes
de que la solución de un problema no pasa solamente por la adecuación
a un esquema teórico sino por la satisfacción de necesidades y
deseos de las personas que usarán o habitarán un área de intervención.
Profesionales, por tanto, en los que el rol de “técnicos” no defina
una pretendida asepsia con respecto a lo político, sino por el
contrario un modo de abordar
lo político implícito en las cuestiones urbanas desde el rigor
y la precisión disciplinarios.
En
nuestra opinión, esta incorporación de los vecinos a la agenda
de la política urbana llegó para quedarse. Y aun con las observaciones que hemos formulado,
las consecuencias de este proceso deben ser consideradas como
positivas. La participación ciudadana es una
garantía de control y de pluralidad de opiniones frente a
las arbitrariedades y negligencias de gobernantes y funcionarios,
los intereses empresariales y rentísticos, y el autismo de los
técnicos y profesionales.
MLT
Sobre
el Código de Planeamiento Urbano y el proyecto de Plan Urbano
Ambiental de Buenos Aires, ver también en café
de las ciudades:
Número
66 I Planes y Política de las Ciudades (I)
Aprobar
y mejorar el PUA I Presentación en la Audiencia Pública
del Plan Urbano Ambiental de Buenos Aires I Marcelo Corti
Número 62 I Planes y Política de las ciudades
Normativa
urbanística: la articulación entre planeamiento, participación
y gestión I Sobre los conflictos alrededor
del Código de Planeamiento Urbano de Buenos Aires I Marcelo Corti
Número
59 I Planes de las ciudades
Preservar
la ciudad, preservar el producto I Sobre
la Reforma del Código Urbano
de Rosario I Roberto Monteverde
Número
47 I Planes de las ciudades
Cómo
cambiar de una vez por todas el ya agotado (y además confuso)
Código de Planeamiento Urbano de Buenos Aires I
Apuntes para una normativa urbana (III). I Mario L.
Tercco
Sobre
movimientos vecinales, ver también en café
de las ciudades:
Número
63 I Política de las ciudades
Gente
de Nou Barris
I La transformación de la periferia en la Barcelona post-franquista I Marcelo Corti
Y
sobre el rol de los movimientos vecinales en la preservación patrimonial:
Número
66 I Cultura y Política de las ciudades
Las
movilizaciones ciudadanas en Salta y Tucumán
I El Norte argentino en defensa de su patrimonio urbano arquitectónico
I Marcelo Corti