“...Terquedades
será una tribuna de doctrina” (C. Ricot)

El
cordón que se desató del conurbano,
nota de Alejandra Dandan en Página
12 del lunes 1º de febrero, estudia la correlación
socio-territorial y política entre los llamados cordones del
Area Metropolitana bonaerense y el voto en las distintas elecciones
nacionales. De su lectura, que no carece de interés, me molestó
sin embargo un fragmento, no atribuible en principio a la autora.
De ese fastidio surge esta Terquedad de febrero, dedicada al
habitual (y creo que no inocente) equivoco alrededor de una
palabra del lenguaje político argentino.
Resulta
que Isidro Adúriz, “consultor político” entrevistado para la
nota, describe así el voto del segundo cordón metropolitano:
“Salvo la porción de San
Isidro que pertenece al segundo cordón, parte de San Fernando,
parte de Morón e Ituzaingó, el resto del voto del segundo cordón,
a mi entender, no tiene nada que ver con la
Capital. Si hay cambios, pueden ser a futuro,
pero de momento me parece que el voto es bien peronista, mientras
que el voto de la Capital y del primer cordón es tradicionalmente gorila en sus diferentes
variantes: conservadora o progresista”.
Quiero
(como Girondo) dejar algo perfectamente aclarado: el uso de
la palabra “gorila” no me molesta por su connotación peyorativa
sino por la intención encubierta con la que suele endilgarse
a cualquier persona que no milite o simpatice con el peronismo.
Es el sentido con el que lo usa Adúriz en su intervención y
abreva en una vieja fuente no exenta de fundamentación histórica,
pero convertida ahora en un estereotipo peronista: la asimilación
del “resto” del pensamiento político argentino a un maridaje
profundo de izquierdas y derechas (categorías políticas que
en la tradición interpretativa de Arturo
Jauretche no resultarían de utilidad para explicar
la compleja realidad socio-política argentina) contra el “pensamiento
nacional”, agotado y resumido (según otra vertiente autosatisfactoria
de la misma escuela) en el propio peronismo.

Alguien
dirá que la palabreja tiene, en la frase de Adúriz, una simple
connotación folklórica, no demasiado distinta a la que en la
jerga futbolera tiene el uso de palabras originalmente despectivas
(cuervo, leproso, quemero, bostero, gallina, canalla) que terminan
siendo asumidas con orgullo por los hinchas a los que se pretendió
ofender en algún momento. Contra esto tengo dos objeciones.
Primero: Adúriz está hablando de un tema que se supone es su
especialidad profesional; no parece haber mucho lugar para la
chicana de café. Más importante: solo un pequeño porcentaje
del universo no peronista podría asumir con algún cariño la
denominación de gorila. Decir de alguien que es “radicha” o
“radicheta” por su adscripción a la Unión Cívica
Radical no es en principio ofensivo, y más de un radical se
autodefine con esa metáfora vegetal… Progre, conserva, trosko,
peruca, pueden ser usados con algún sentido despectivo (sobre
todo si se dicen en un contexto de gentes que no comulguen con
las militancias a las que aluden) pero en general sus destinatarios
no opondrán demasiado reparo a esas formas coloquiales de identificarlos.
Otras
palabras, sin embargo, tienen valencias más discutibles. Decir
de un peronista que es “peroncho” es una forma de asociar la
identidad política con la discriminación étnica que algunos
sectores profesan para con los “negros” (sin embargo, el “cabecita
negra” o el “grasita” terminaron siendo aceptados por el propio
peronismo con una orgullosa reivindicación de clase). La palabra
“zurdo”, referida a militantes de izquierda, está asociada en
general a las persecuciones y amenazas: el “fuera zurdos” de
las internas sindicales o las expulsiones colectivas de Lorenzo
Miguel en el `83 o el propio Perón en el `74.
En
un sentido similar, ser gorila no es lo propio del no peronista
(vale decir, de al menos el 60 de la población argentina, vote
circunstancialmente o no al peronismo) sino la actitud cerril
y visceralmente antipopular de una derecha a la vez cultural
y política (y generalmente, económica). Es el mismo sentido
que tiene la expresión en la mayor parte de América Latina (similar
por ejemplo al “momio” chileno). Ser gorila es ser golpista,
es ser intolerante con la diversidad social y política, es negar
el derecho ciudadano del pobre o del mestizo y su acceso al
espacio público, es apreciar el autoritarismo político y la
violencia puesta al servicio del poder. El gorila argentino
avala y reivindica los bombardeos del ´55, los fusilamientos
de José León Suárez, las proscripciones y las desapariciones,
pero también el acoso a los gobiernos democráticos, los golpes
contra Illia y Frondizi, las campañas sucias contra Alfonsín
y la noche de los bastones largos contra la universidad pública.
El gorilismo argentino no abarca todo el no-peronismo (ni excluye
a todos los peronistas).

Las
palabras, consultor Adúriz, no son ingenuas (y menos lo son
los consultores). Hoy se pretende que nuestra elección política
y ciudadana está entre unos especuladores de Calafate y unos
estancieros de Carlos Tejedor, entre Carta Abierta o el grupo
Aurora, entre Moreno (Guillermo, no Mariano) y Posse (Abel,
no Gustavo, aunque en este caso...), entre Scioli (que todavía
no se fue) y Cobos y Redrado (que se fueron cuando les convino),
entre el bigotudo que maldice y la rubia que predice. No es
momento, y en esto tengamos todo el cuidado del mundo, de aceptar
que nos defina el que nos desprecia.
MLT
Ver
la nota El
cordón que se desató del conurbano, de Alejandra
Dandan en Página 12 del lunes 1º de febrero.
Y
sobre Jauretche y sus usos:
Número
15 | Política
Las
10 boludeces más repetidas sobre los piqueteros y otros personajes,
situaciones y escenarios de la crisis argentina |
Con un prólogo sobre la derecha, otro sobre Jauretche, y un
epílogo sobre la consigna más idiota de la historia. | Carmelo
Ricot
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